Por muy lejos que hayamos ido, podemos volver.

Por: Juan Pablo Guzmán

Desde el inicio de la humanidad se han registrado manuscritos que comprenden principios éticos y morales evidenciando la relación del hombre con su creador, el ejercicio de gobierno y el comportamiento social principalmente. La India milenaria tenía el Bhagavad Gita de su profeta Krishna, los caldeos con su código Hamurabí, los musulmanes regidos por el Corán atribuido a Mahoma, hasta las sociedades como la Rusia que por unos noventa años se rige por los postulados de Karl Marx, Federico Engels y Lenin entre otros.

Inmersos en una ola de violencia, impunidad, falta de gobernabilidad, crisis económica, debilidad institucional y corrupción estatal y privada, el ciudadano actual persigue equilibrar su vida a través de la comprensión y el ejercicio de la ética y la moral verdadera, pues ésta cada vez se reinventa como una nueva moralidad de acuerdo a los grandes pensadores posmodernos.

Todos estos códigos del bien y el mal nos empoderan para decidir entre una u otra alternativa, responsabilizando al hombre por las mismas. En contraparte, los modelos de placer narcisista, el ansia de poder y reconocimiento, y el culto a la figura escultural del cuerpo compiten todos los días por gobernar nuestras decisiones.

En la actualidad, la Biblia, palabra de Dios, se convierte en el referente de justicia ética, moral y jurídica para que el hombre moderno encuentre el ideal bíblico del “autogobierno” o “autocontrol”, para trazar un horizonte de rectitud y conducta intachable para su propia vida, su núcleo familiar y la sociedad.

No estoy hablando de cultos o letanías, sino de una transformación interna, una renovación del entendimiento e ideas de acuerdo al chivo de Romanos 12:2.  No importa que tan fregada veamos la cosa, siempre se puede regresar, no es tarde, ni todo está perdido, aún podemos retornar al plan de Dios a través de una reforma interna.

El país no va a cambiar con ninguna transferencia solidaria, tampoco con políticas liberales, ni siquiera con la tecnología o la religión, la verdadera reorientación del individuo, la familia, la sociedad y el estado, está en el ser, en una cosmovisión ética-ideológica de acuerdo al modelo creacionista.

Las instituciones no son más que el reflejo de la sociedad aunque no nos guste, pues estas son gobernadas por nuestros conciudadanos –buenos o malos- o tal vez por nosotros mismos.  El cambio al que la palabra de Dios incólume nos invita no es imposible, no está lejos y se puede alcanzar.

Ante nuestra realidad nacional esperar un milagro sería muy ingenuo, el más grande de todos los milagros es la transformación del ser, pues todas y cada una de nuestras acciones generan una ola expansiva que trasciende en la realidad de nuestra sociedad.

¿Qué tal si cumplimos la ley en vez de exigir derechos?, ¿Qué tal si participamos de la vida política en vez de criticar?, ¿Qué tal si nos involucramos en vez de ser indiferentes?, ¿Qué tal si nos capacitamos en vez de estar de brazos cruzados?, ¿Qué tal si unimos esfuerzos en vez de seguir dividiéndonos?, ¿Qué tal si le apostamos al modelo bíblico en vez de seguir dudando?

La reforma de la que hablo no se trata de estar de acuerdo con Dios, se trata de creerle a Dios y tomar el desafío de cumplir sus mandamientos. ¡Por lejos que hayamos ido, podemos volver!

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